El desprecio por la política se ha convertido entre nosotros en una especie de chiste tan recurrente como celebrado. Una aversión que nos ha traído taras y desgracias varias. Hace unos 30 años se decía en Antioquia, con dejos racistas y fobia por lo público, que la política era un oficio para negros.
Las cuestiones de la administración pública eran entonces consideradas asunto menor, cuando no asunto mugroso con el que había que lidiar desde el manejo de los intereses privados. El resultado es muy claro. Algunos oportunistas -no propiamente negros- se encargaron de llenar el vacío y convirtieron la política en un negocio particular, un arriar de clientelas hacia sus parcelas de poder. Ahora el desprestigio era justificado y cada vez más las ofertas políticas, en términos de personas dispuestas a ejercerla, se fueron reduciendo. Los incentivos para participar en política casi desaparecieron y las personas mejor preparadas y mejor intencionadas miraron definitivamente hacia otra esquina.
Desde hace unos años la política colombiana ha visto como algunos personajes del mundo académico han entregado un nuevo valor al ejercicio del poder público. Antanas Mokcus, Sergio Fajardo, Enrique Peñalosa, Juan Carlos Flores, Carlos Gaviria son personajes con diferencias ideológicas pero coincidencias de formación, con miradas que han ayudado a ampliar el horizonte de las instituciones públicas y de los votantes. Han elevado el rasero con el que los electores estaban acostumbrados a medir a los elegidos. Con ellos la política ha vuelto a ser una actividad relacionada con la inteligencia y no solo con el apetito y el oportunismo. Uno de sus grandes triunfos es el haber logrado arrastrar a ciudadanos con méritos académicos hacia el ámbito político.
Ahora Medellín tiene el reto de encontrar más personas con esas características, más personas que desde la formación y el compromiso público lejano a los padrinos y los ahijados políticos, amplíen el abanico de buenas opciones y conviertan nuestros problemas en discusiones públicas y no en pleitos de pasillo. El nombre de Santiago Londoño Uribe en ese abanico, como candidato al Concejo de Medellín, constituye una alegría, un triunfo contra la alergia política y una posibilidad de que el Concejo eleve el nivel de sus “contertulios”.
Conocí a Santiago como estudiante de derecho en la facultad, compartimos algunas materias y hasta una que otra discusión bizantina. Luego tomamos un camino común como practicantes de un programa llamado Opción Colombia, en el que los recién graduados salían a hacer práctica con entidades del Estado en zonas rurales. Según creo Santiago fue inspector de policía en Jardín, Antioquia. Un cargo con muchos más retos que mis simples balbuceos en el extinto PNR (Plan Nacional De Rehabilitación en Neiva) en el departamento del Huila. Luego el ex-inspector colgó el kepis y volvió a los libros. Se dio cuenta que el código municipal de policía no era herramienta suficiente, estudió derechos humanos, teoría social y derecho internacional, y más tarde me lo encontré como profesor en la universidad Eafit. Profesor de ciencia política para estudiantes de administración y finanzas, un trabajo que según creo tiene mucho que ver con su reto actual: convencer a los escépticos, a los desencantados, a los indiferentes, a los desdeñosos de que la política no solo es interesante sino indispensable. A un político así, me le oigo el discurso completo.



















